Cuando hace escasos días que se cumple un año de la trágica Dana de Valencia, muchos saforenses recuerdan como si fuese ayer otra gota fría, que fue también una catástrofe histórica en tierras valencianas y que les marcó para siempre en sus vidas. El 3 de noviembre de 1987 amaneció como un día gris pero aparentemente tranquilo en Gandia. Tras una noche de lluvias moderadas, padres y trabajadores acudían a sus rutinas sin sospechar que estaban a punto de vivir la mayor catástrofe natural de la historia reciente de la Safor.

A media mañana, las nubes descargaron sin descanso y, entre la una y las cuatro de la tarde, cayó sobre la comarca una auténtica muralla de agua. En Oliva se registraron 817 litros por metro cuadrado en solo 24 horas, el récord histórico de lluvias en España y la tercera cifra más alta en Europa. En Gandia, los pluviómetros marcaron más de 700 litros, más de la mitad en apenas tres horas.
Los cauces del Serpis, el barranco de Beniopa y el de Sant Nicolau no pudieron contener tal volumen y se desbordaron, anegando viviendas, colegios, comercios y carreteras. El agua recorría la ciudad de oeste a este, arrastrando vehículos, destruyendo mobiliario urbano y dejando sin electricidad ni teléfono a miles de personas.

“Parecía que alguien arrojara una piscina sobre el coche”
Así lo relató Emili Selfa, entonces concejal de la oposición en Gandia, que fue testigo directo de cómo las calles se transformaban en ríos: “Avanzaba como podía y al llegar al Palau, era impresionante cómo llovía. Parecía que alguien arrojara una piscina sobre el coche. En mi casa, los muebles estaban apilados en el centro del comedor por la fuerza del agua”.

En el distrito de Beniopa, el agua alcanzó los dos metros de altura y arrasó viviendas, comercios y el colegio Joan Martorell, donde los niños quedaron atrapados en la planta superior mientras el agua derribaba muros y anegaba el comedor. En el centro y el Grau, las calles Ferrocarril d’Alcoi, Sant Rafael o Abat Solà eran auténticos torrentes.
Los barrios de Venecia y Rafalcaid quedaron completamente sepultados por el agua cuando el Serpis rebasó su cauce y destruyó el puente de Daimús, un símbolo de la magnitud del desastre.

Una comarca incomunicada y a oscuras
Durante horas, la Safor quedó aislada del resto de la Comunitat Valenciana. Sin luz, teléfono ni carreteras transitables, los transistores fueron el único medio de información. Desde el Ayuntamiento de Gandia, el entonces alcalde Salvador Moragues coordinó el centro de emergencias gracias a emisoras de radioaficionados que funcionaban con grupos electrógenos.
El Gobierno central movilizó al Ejército, que al día siguiente repartía pan, evacuaba a vecinos aislados en las playas de Piles, Miramar y Bellreguard y ayudaba en las tareas de rescate. La Generalitat Valenciana declaró zona catastrófica a Gandia y municipios como Oliva, la Font d’En Carròs o el Real de Gandia.

Pérdidas millonarias y una lenta recuperación
El balance de la gota fría fue devastador: dos víctimas mortales —una en Gandia y otra en Oliva— y pérdidas superiores a los 30.000 millones de pesetas en toda la comarca.
Solo en Gandia, el Ayuntamiento cifró más de 1.100 millones en daños agrícolas y municipales y otros 3.000 millones en comercio e industria.

La Generalitat y el Estado habilitaron líneas de ayuda directa y préstamos blandos, mientras que brigadas de limpieza y voluntarios trabajaban día y noche para restablecer el suministro eléctrico, eliminar toneladas de barro y retirar animales muertos y escombros.
El 6 de noviembre de 1987, el pleno municipal aprobó la petición formal de declaración de zona catastrófica.

La solidaridad tras la catástrofe
La tragedia sacó también lo mejor de la ciudadanía. Vecinos, voluntarios, fuerzas de seguridad y radioaficionados trabajaron codo con codo para recuperar la normalidad. Se improvisaron centros de distribución de agua y alimentos, y en los días posteriores el Ejército ayudó en las labores de desinfección para evitar epidemias.
A pesar de los esfuerzos, las heridas tardaron en cicatrizar. Muchos damnificados tardaron meses en recibir ayudas, y algunos vecinos de Venecia o Rafalcaid quedaron fuera de las subvenciones al considerarse sus casas segundas residencias.

Una huella imborrable en la memoria colectiva
Treinta y ocho años después, aquella gota fría sigue viva en la memoria de los saforenses. La cifra récord de 817 litros por metro cuadrado en Oliva continúa siendo el mayor registro oficial de lluvia en la historia de España y una advertencia sobre la fuerza impredecible de la naturaleza.
Cada 3 de noviembre, quienes vivieron aquella jornada recuerdan cómo la Safor se convirtió en un mar y cómo, entre la destrucción, nació también un ejemplo de solidaridad y resiliencia colectiva.
Fotógrafo / © Arxiu Històric de Gandia




