Este lunes se ha cumplido un siglo desde que el cementerio municipal de Gandia acogió su primer entierro. Fue el de María Sebastián, una asilada de la Beneficencia, cuyo nombre quedó registrado en un documento conservado en el Arxiu Històric de Gandia, donde se certifica que el espacio de su sepultura tendría carácter “perpetuo”.
El origen de esta necrópolis está marcado por la tragedia. A comienzos del siglo XX, una riada del barranco de Beniopa arrasó el cementerio de la calle Pinet, arrastrando restos humanos hasta el Grau. Esa catástrofe obligó a replantear la ubicación y, tras décadas de debates y necesidad de espacio, en 1924 se aprobó la construcción del nuevo recinto en la carretera de Almoines, inaugurado en 1925.

La ciudad, como recuerda el cronista local Suso Monrabal, ha contado con cuatro cementerios a lo largo de su historia: desde el antiguo “fossar” junto a la Colegiata de Santa Maria, pasando por el de la ermita de les Ànimes, hasta llegar a los que marcaron la modernidad, el de la calle Pinet y, finalmente, el actual.

El cementerio municipal ha sido testigo de episodios que forman parte de la memoria colectiva, como los fusilamientos de la Guerra Civil, las sucesivas ampliaciones por el crecimiento demográfico o la incorporación, en 1965, de los restos de Beniopa, tras su anexión a Gandia. En contraste, el cementerio de Benipeixcar se mantuvo en pie y hoy el Ayuntamiento gestiona su cesión para que pase a ser el segundo camposanto de la ciudad.
En estos cien años, el recinto no solo ha albergado el descanso de miles de gandienses, sino que también se ha convertido en un símbolo cultural y social. En memoria de su primera sepultura, el consistorio ha colocado una lápida con el nombre de María Sebastián y la expresión latina “In memoriam”, como homenaje a una historia que, entre la tragedia y la tradición, sigue viva en la memoria de Gandia.
Fotógrafo / © Josep Lluis Rufat y Paco Martí




